Luego de caminar muchos senderos y navegar varios océanos,
los maestros aún conservan ese espíritu intrínseco de enseñanza, de pasión por
su labor. Ellos siembran en el desierto, con esmero y admirable paciencia van
forjando a las personas, grabando en las mentes en blanco las huellas de la
verdad, haciendo florecer las almas, tal como la primavera hace florecer el
paisaje. Y los alumnos, ¿a dónde van?. Al futuro, ¿y los maestros?. Quedan para
seguir formando a quienes están en proceso de construcción. La educación no
sólo se basa en matemáticas, letras, números, teorías, también implica un compromiso
De incentivar valores, de seguir sembrando en cada uno, el sentimiento de
justicia, enseñando a ser personas de bien. Muchas son ocasiones en las que no se valora la tarea tan
elemental de enseñar, que se convierte en una virtud, propia de quienes no ven
la enseñanza como un sacrificio, sino como una inversión de tiempo cuyos frutos
son sabrosos, ya que brinda la satisfacción de haber contribuido a la formación
de personas de bien que siguen el camino ideal para llegar a sus metas. No es
sencillo enseñar, mucho menos a hacerlo con vocación, pero cuando existe
voluntad para realizarlo, es inminente el triunfo en la actividad realizada.
Podría compararse a los maestros como brújulas, guías para direccionar la mente extraviada hacia el bien, hacia la
verdad, hacia la libertad, puesto que “la verdad nos hará libres”. No son
simples personas, son ángeles, sin alas y sin aureolas. Son seres cuyo corazón
se mantiene abierto, dan el alma mientras moldean con sus manos las mentes que
se predisponen a aprender.
El
homenaje a los maestros no debe ser sólo me reconocimiento a su labor, sino de
agradecimiento por su entrega y dedicación, son trabajadores abnegados a quienes
hay que dar ese día había una sonrisa como forma de decirles GRACIAS!

